Memoria e identidad nacional en Colombia:
una mirada histórica
La
memoria, la identidad y el proyecto de construcción de la nación, son conceptos
tan fuertemente enlazados, tan inseparablemente unidos que resultaría restringido
hablar de uno sin referirse a los otros.
Es necesario argumentar esta afirmación demostrando, por un lado, que la
identidad nacional colombiana se nutre de la memoria oficial para elaborar los
discursos que la llenan de sentido, que le son indispensables para sobrevivir,
y que al mismo tiempo son necesarios para construir un relato de nación. Hubo
un momento en la historia de los países en que resultó importante construir un
sentido de lo nacional y la mejor, o tal vez, la única vía para lograrlo fue
reconstruyendo un pasado memorable del cual todos en algunas épocas solo
algunos cuantos se sintieran parte. Para el caso colombiano ese momento se
conoce con el nombre de la República.
Si
bien acabo de hacer énfasis en la indisoluble unión que existe entre la
memoria, la identidad y el proyecto de nación, primero rastreándolo en el
tiempo, excavando en su pasado, como lo hacen los arqueólogos, en busca de sus
inicios y alcances epistemológicos para finalmente poder entenderlo en el
contexto histórico colombiano. Si bien mi objetivo es hablar de la memoria, la
identidad y la nación distanciadamente, es de esperar que en muchos lugares los
conceptos se traslapen, sobreponiéndose de tal manera que resulte imposible
hablar de uno sin los otros.
Esta
pregunta, ¿quién soy? puede ser la pregunta más formulada por los hombres y al
mismo tiempo la más difícil de responder. La identidad, esa difícil respuesta
sobre el ¿quién eres? no se encuentra ubicada en ninguno de los dos hemisferios
del cerebro, no es igual para todo el mundo pero se encuentra en todas partes,
es imposible no tenerla aunque no existe un banco nacional donde pueda
guardarse, emitirse, robarse o falsificarse. No se puede buscar sólo en el
pasado, aunque se descubriera la máquina del tiempo; es inagotable, cambiante,
constante material y etérea. La identidad lo es todo, con ella nos anclamos a
la cultura, nos sentimos parte de ella, pertenecientes a un grupo que nos
sostiene como individuos y nos valida como sujetos. La identidad es compleja
pero necesaria, ella se construye a partir de la diferencia para lograr
similitudes que nos acercan a nuestros semejantes, pero que nos contraponen a
los diferentes. La identidad siempre se construye en relación; es decir, en el
mundo de la alteridad, del encuentro con el otro, con lo otro me construyo a mí
mismo/a. El yo y el otro, al igual que la identidad y la cultura, no pueden
existir separadamente. También se dice que la construcción de una identidad es
también la invención de una diferencia. Por otro lado la identidad se expresa en
diferentes niveles de acción, está la identidad individual, la familiar, la
regional y la nacional. Todos estos círculos construyen redes que interactúan
constantemente. Numerosas son, entonces, las identidades que se tejen en el
entramado de lo social superponiéndose en complejos movimientos, algunos de
ellos más fuertes que otros, algunos modelos intentando ser más abarcadores que
los otros, como es el caso de las identidades nacionales, las cuales se
construyen, en el seno de las sociedades modernas y contemporáneas, en
dispositivos creados en torno a la conformación y consolidación de los estados
nacionales. Pero cabe preguntarse, como lo hizo Immanuel Wallerstein, ¿desde
cuándo y por qué necesitamos un pasado y una identidad? Es claro que la
identidad no hace parte del sistema natural del ser humano, como el hambre o el
sueño que hacen parte de las necesidades básicas de los hombres. No, la
identidad no nació con cada individuo, la identidad se construyó y empezó a ser
necesaria en un tiempo no muy lejano. Se puede relacionar con el surgimiento
del Estado nacional: El proceso de elaboración de una identidad o incluso la
necesidad misma de tener una identidad no es algo natural…esta necesidad nace
con la formación del Estado nacional. Yo agregaría que más que con la formación
del Estado nacional, la identidad apareció como base, como sustento y apoyo de
la nación. Este fenómeno surgió, por oposición a los dos grandes sistemas
culturales que lo precedieron: la comunidad religiosa y el reino dinástico. Estos
dos sistemas fueron en su apogeo marcos de referencia que se daban por
sentados, como ocurre ahora con la nacionalidad. En este sentido podría decirse
que la identidad nacional se constituye como un proyecto político de gran
envergadura, y como tal necesitó de muchas manos para ser relevante. Entre las
manos que apoyaron los esfuerzos estatales, están las de los museos que
inspirados en ideas de libertad, de progreso, de civilización, de ciudadanía,
de fe en la razón, hacían de sus exhibiciones lugares de exaltación de la
unidad nacional, con lo cual lograba proyectar ideales hacia el futuro y
memorias del pasado que fueron cambiando y transformándose con el ritmo de los
años.
Ana Cristina Serna Garcìa
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